No, no soy un héroe. Soy un viejo gordo y calvo. Puedo decir que rodeé el Congreso porque di un largo rodeo por la Gran Vía, calle Alcalá, calle Alfonso XIII y la avenida Ciudad de Barcelona. Un rodeo poco heroico, pero lo suficientemente alejado de las porras lacrimógenas. Sin embargo, este rodeo me permitió, en primer lugar ver algunas cosas con mis propios ojos y, lo más importante, no estar dentro de esa mayoría silenciosa a la que Rajoy ha dado las gracias. Esta es la crónica de lo ocurrido en la ardiente obscuridad de la noche del 25 de septiembre.
La cosa comenzó a la entrada de Madrid. Los autobuses sospechosos eran parados y sus pasajeros cacheados. Hay en Facebook la foto de una deliciosa acta policial en la que se expresa que han descubierto y requisado una careta de cartón de Anonymus, la cual iba a ser utilizada, seguro, para cometer delitos. ¡La sagacidad policial ha permitido desactivar las armas de destrucción+I.V.A.!
En primer lugar, el número de manifestante. Según la delegada del gobierno, unos 6.000. Según mis cuentas, 1.503. Vamos, los 1.500 policías, los dos leones del Congreso y yo. Comprenderéis que me sintiese muy solo. Sobre todo, teniendo en cuenta que cuando vino el papa ese mismo espacio albergaba 900.000 personas. Debió ser entonces un segundo milagro de la multiplicación de panes y peces. No me creo ninguna de las cifras: sólo desde Montera a la puerta de Alcalá había más de 1.500 policías. O, en mi miedo, eso me pareció.
En segundo lugar, la violencia. Por lo visto oleadas de feroces antisistema atacaron a los pacíficos policías con doscientos sesenta y cinco kilos de piedras. ¿Quién dedicó su tiempo, después de la batalla, a pesar las piedras?. Desde luego el servicio de recogida de basuras de Madrid no. Ellos lo han negado rotundamente, y no tienen ningún motivo para mentir. Además, su sinceridad les honra.
Hace mucho tiempo, un amigo policía, que los tengo y muy buenos, me pidió que le hiciese un trabajo sobre el marxismo, trabajo que le exigían sus profesores. Yo le contesté que si se lo hacía yo no aprendería nada de ese sistema “intrínsecamente perverso”, y le di sólo algunas ideas. Parece ser que fue una práctica muy extendida en aquel tiempo. Por eso no aprendieron nada. Tendré que improvisar una breve lección.
Un trapo rojo al final de un palo largo no es una bandera comunista. A la bandera roja le pasa lo que a la rosa de Eco: significa tantas cosas que no significa ya nada. Toda bandera revolucionaria auténtica lleva un símbolo, generalmente en amarillo. Además, los revolucionarios defienden su bandera, grande y con símbolos, como por ejemplo se ve en la película “Octubre” en la que un joven bolchevique muere por defenderla entre la risa de los burgueses. Las banderas de la carrera de San Jerónimo eran trapos atados en estacas para pegar. Instrumentos para la provocación, lo mismo que las tapas de contenedores usadas como escudos. Pero cuando se monta una provocación hay que cuidar el attrezzo. Además, cuando alguien aparece como antisistema con su capucha no puede, no está en el guión, gritar: “¡Que soy compañero, coño!”. Debe disimular y sufrir en silencio. Lo mismo que un antisistema que se precie no puede, en ninguna circunstancia, detener a un manifestante y llevarlo a la policía. ¡Un poco más de rigor teatral, por favor!.
Hubo sangre en los andenes de Atocha. Nadie sabe el porqué de que los antidisturbios bajaran hasta los andenes y se pusieran a pegar a los pasajeros de los trenes de cercanías y a romper las cámaras de los periodistas. Tampoco había motivo para el reparto de leña en la avenida Ciudad de Barcelona. Porque la hubo y yo tengo fotos. Y el lugar está a más de dos kilómetros del Congreso.
No soy especialmente crítico con la policía. Un policía libre de servicio no se pone una capucha y un pañuelo palestino, hace una porra con un trapo rojo y un palo largo y va a provocar a sus compañeros por pura diversión, pudiendo estar tranquilamente en su casa. Un policía no carga porque sea un sádico. Carga porque recibe órdenes. La prueba evidente de esto es que al día siguiente no hubo cargas, o apenas las hubo, a pesar de que la manifestación no estaba autorizada. Un policía no se quita su placa identificativa por su propia iniciativa. Se la quita porque su jefe se lo permite. O se lo ordena.
Los culpables de lo que está ocurriendo en Madrid son otros, mucho peores que la policía porque al menos éstos dan la cara. Los culpables se esconden tras las instituciones, tras los cargos y, abrumados por el peso de su propia importancia, pontifican que cuatro manifestantes tenían antecedentes penales. Pero nunca sabremos cuantos manifestantes habían sido desahuciados por no poder pagar sus hipotecas, o cuantos habían sido estafados por las preferentes. Eso no interesa.
La sede de la soberanía popular no puede ser hollada por… el pueblo. Los representantes del pueblo deben ser protegidos… del pueblo. Porque era pueblo el que estaba rodeando el Congreso el día 25. Personas corrientes, ancianos, trabajadores. Había violentos, evidentemente. Pero esos violentos no protestaban: provocaban para que hubiese cargas.
En resumen, el pueblo debe apretar los dientes y aguardar paciente y educadamente durante cuatro años que se les esquilme, que se destruyan en estos cuatro años todos los derechos conseguidos en generaciones y luego, votar a Rubalcaba. Con lo cual la nueva casta política iniciará una nueva escalada de corrupción para recuperar las prebendas y el tiempo perdido. Eso es lo legal. Eso es lo democrático.
No os quiero engañar. La fotografía que encabeza la entrada no se tomó el día 25 sino el 26 de septiembre. Esa mañana, para calmar mi espíritu, me fui al Prado. Pero ni siquiera el Prado pudo apartar de mi mente las “tristes premoniciones de lo que va a acontecer”
Tenía que haberme ido al Thyssen.
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| Goya. Tristes premoniciones de lo que ha de acontecer. |


Ah, pillín. Ya se por dónde andabas tú rodeando el Congreso.
ResponderEliminarhttp://www.elplural.com/wp-content/uploads/20120929_4854114w.jpg
ResponderEliminar¡Maldición! Eso no lo vi.
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